La Construcción del Ego
- Talan

- 26 may 2021
- 3 Min. de lectura
Si yo te preguntara ¿quién eres? Probablemente me responderías con tu nombre, tu edad, ocupación o cualquier otro calificativo con el que te has identificado. Pero ese, en realidad, no eres tú.

Los empíricos decían que cuando un alma entraba a habitar un cuerpo, ésta se asemejaba a una hoja en blanco. No tenía ningún conocimiento o información impresa. En el momento en que el bebé nace y comienza a experimentar su vida en la tierra, esa hoja en blanco comienza a llenarse de información. Empieza a relacionar sonidos con personas u objetos. Conforme va creciendo, los padres y el círculo cercano le ayudan al bebé a entender el mundo en el que habita mediante explicaciones, reglas, normas y valores que son generalmente aceptados por la “sociedad”.
Es aquí donde comienza la construcción del ego. El ego no es ese ente malévolo que está al acecho para atacar cuando puede. No. El ego es sólo la construcción de la realidad de la persona. Pero, si crees en lo que acabo de escribir, notarás que la construcción del ego depende, en gran parte del lugar donde naces, de tus padres, de la religión a la que perteneces, y de otras fuentes de información más.
Pero hay otro componente que surge de la construcción del ego. Tú como individuo. Una vez que se te asigna un nombre y se repite suficientes veces, te identificas con él. Además del nombre, llega cierta edad en donde te puedes reconocer en el espejo y te identificas con el cuerpo. Una vez que sucede esto, se ha completado el proceso de construcción del ego. El humano ahora se identifica como un individuo con un cuerpo y un nombre; además de todos los conceptos que se han escrito en su hoja en blanco y que ha aceptado como verdad.
De pronto, ese ser humano comienza a vivir su vida de acuerdo con esta individualización. Conforme pasan los años, la misma experiencia y aprendizajes adicionales aportan a que la construcción que ocurrió se siga perfeccionando. Continuará añadiendo valores, creencias, verdades y conocimientos que seguirán moldeando su percepción de la realidad o de su ego.
De pronto este ego se identifica con una profesión, con algún rol, o con alguna creencia derivada de una experiencia significativa. Seguirá añadiendo información a su hoja en blanco y así seguirá creando su propia versión de la realidad. Es por esto por lo que la frase de “cada cabeza es un mundo” es completamente verdad.
Sin embargo, caminamos por la vida pensando que la realidad es una y que no debería de cambiar, pues tal como ha aprendido, el ego piensa que todos los humanos deberían vivir su vida como él lo hace. Cuando se encuentra con versiones distintas o estilos de vida diferentes el ego se confunde y ante esa confusión no le queda de otra que invalidar aquello que no tiene sentido o que va en contra de lo que ha aprendido.
Es por esta razón que el ego es una limitante para el crecimiento del ser. En realidad, la respuesta a la pregunta ¿quién eres? No es tu nombre, ni tu edad, ni tu ocupación. Esos son calificativos que se te han o que te has asignado durante tu construcción de la realidad. La verdadera respuesta a dicha pregunta descansa en ese ente que entró en tu cuerpo el día de tu nacimiento. Ese eres realmente tú.
Pensaría que la vida de un ser humano se debe dedicar a dar respuesta o a comprender qué es ese ente que vino a habitar este cuerpo y cuál fue su propósito al hacerlo. Creo firmemente que ese ente es una individualización de la mente universal que viene a este mundo material a experimentar, jugar y aprender sobre sí mismo. Por eso se dice que “somos hechos a imagen y semejanza de Dios”. No porque Dios tenga una figura humana, sino porque nosotros (al ser un cachito de Él) poseemos las mismas facultades y el mismo poder de crear nuestra realidad, así como Él creó el universo.
La humanidad se encuentra en una encrucijada: por un lado, podemos continuar con nuestras vidas tal y como ha sido escrito en nuestra hoja en blanco desde nuestro nacimiento. La otra opción es elegir ir en busca de esa verdad que algo en nuestro interior nos reclama. Creo firmemente que el destino de la raza humana (y del planeta) depende, únicamente, de dicha elección.


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